Suplemento Todas – Agosto 2014

 

Las mujeres y los conflictos internacionales

 

Los acontecimientos recientes en la Franja de Gaza apuntan a una crisis humanitaria de proporciones dramáticas. En el medio de la escalada de violencia entre el gobierno de Benjamin Netanyahu —proveniente del Likud, una de las estirpes más conservadoras de la política israelí— y Hamas —la facción más beligerante y radical de la resistencia palestina—, ya son más de 520 000 personas desplazadas y alrededor de 2000 personas fallecidas, de acuerdo con las estimaciones hasta la mañana del 5 de agosto de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios.

            Desafortunadamente, Gaza no es el único foco de conflicto en el mundo: la pugna separatista en Crimea, la guerra civil de Siria, las tensiones étnicas en Sudán del Sur, los levantamientos de grupos islamistas en Nigeria y la guerra contra el narcotráfico en México son reflejos de un mundo convulso que muchas veces escapan a la vista de nuestra realidad cotidiana. En el trasfondo, la constante es el impacto social y psicológico que se teje a la sombra de la vida y la muerte de las víctimas y sus familias.

            En la larga lista de conflictos que se han librado en la historia contemporánea, la frase “mujeres y niños primero” se acuñó a mediados del siglo XIX para proteger a los sectores más vulnerables dentro de una emergencia bélica. Aunque este principio ha ayudado a prevenir un sinnúmero de decesos y vejaciones durante el desarrollo de estos escenarios, al paso del tiempo liderazgos internacionales como el de Eleanor Roosevelt han insistido en cambiar la posición históricamente victimizada de las mujeres y, más que colocarlas en el centro de las disputas con un casco y un fusil, han defendido su derecho de ser parte del trabajo de solución de conflictos y la recuperación de la paz.

¿Qué arma podría ser más poderosa que darle la oportunidad a las personas de dirigir su propio destino, en especial después de superar un entorno violento? Estas aspiraciones ya están amparadas por diversas resoluciones (más notablemente la resolución 1325 sobre Mujeres, Paz y Seguridad) del Consejo de Seguridad, el órgano de la Organización de las Naciones Unidas que para bien o para mal decide gran parte del curso y del desenlace que toman la mayoría de los conflictos internacionales.

Sin embargo, estos objetivos no han logrado consolidarse en la práctica. Según información reportada por ONU Mujeres, la entidad de las Naciones Unidas enfocada en lograr la igualdad y el empoderamiento de las mujeres, las mujeres por lo general no forman parte de los equipos de negociación para poner fin a las guerras y los tratados de paz pocas veces contemplan cláusulas específicas para resarcir los abusos que se cometen contra ellas.

De hecho, ONU Mujeres señala que de los 585 acuerdos de paz que se firmaron desde 1990 hasta 2010, sólo 16 (2.7%) documentos mencionaban la protección de los derechos de la mujer y la aplicación para las mujeres del derecho humanitario, 7 (1.1%) instaban a establecer mecanismos legales específicos para dar seguimiento a los delitos en contra de las mujeres y únicamente 4 (0.7%) tratados reconocían la violencia sexual como un atenuante de violación al cese al fuego entre los combatientes. En este contexto, las mujeres son perjudicadas por partida doble: no pueden escapar de las amenazas a su seguridad y a sus vidas ni son consideradas para encausar procesos que mitiguen estos abusos ni reconocidas por sus esfuerzos para concretar la paz.

Para dar un giro significativo que revierta esta tendencia y dado que existe una diferenciación por género de las implicaciones negativas de la guerra, Amnistía Internacional enfatiza que es esencial la inclusión de más mujeres en los equipos de restablecimiento y construcción de la paz, así como en la prevención de conflictos, la implementación de programas que abonen a estos esfuerzos y el establecimiento de instancias que revisen el cumplimiento permanente de estas prerrogativas. Tal como insiste esa organización, los derechos no son verdaderamente derechos hasta que no se concretan en la realidad.

En este sentido, la puesta en marcha de estas prerrogativas antes, durante y después de los conflictos es crucial para hacer frente a otro tipo de retos. Encarar de forma exitosa los problemas de desigualdad económica y de género, trampas de pobreza, violencia, corrupción, de acceso a una educación y a servicios de salud de calidad es particularmente difícil en ausencia de estabilidad y paz. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, dos terceras partes de los países más pobres del mundo se encuentran en regiones en conflicto.

En definitiva, más allá de juicios maniqueos y defensas simbólicas, las víctimas de los conflictos internacionales necesitan acciones tangibles y focalizadas. Sin duda, es determinante que no sólo se les dé una voz, sino que además se hagan partícipes a los sectores más agraviados por estas crisis. Garantizar el derecho a una vida en paz debe sentar los cimientos de sociedades más justas, prósperas y que potencien el desarrollo de las personas.

Texto original en: http://www.inmujeres.gob.mx/inmujeres/images/stories/todas/todas%201-24.pdf

 

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